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El café de La Concordia

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Por Óscar Quiroz

Para el siglo XIX las cafeterías eran el lugar para debatir ideas, clubs poéticos, centros de conspiración. Luis González Obregón nos cuenta que “Fuera de la Plaza Mayor, en las calles más céntricas y aún en las más lejanas, en donde los espaciosos muros de los conventos no ocupaban la aceras; tiendas y accesorias, abrían sus puertas al comercio… Y los más abundantes entonces, pues los había por igual en los portales que en las calles más inmediatas a la Plaza o en los barrios más apartados, eran los cafés; centros de reunión de escritores, de militares, de clérigos, y en general de gente ociosa, que iba a ellos, para beber el negro líquido”.
Una de las cafeterías más importantes del siglo XIX fue el Gran Café Restaurant de la Concordia ubicado en las entonces calles de Plateros y San José el Real, ahora Madero e Isabel la Católica, se desplantaba sobre el corredor de los “dandys” en medio de los hoteles más lujosos de la época como lo fue el Iturbide, del almacén La Sorpresa, flanqueada por dulcerías, joyerías y el Jockey Club… La Concordia se engalanaba en el paseo de las clases opulentas de México, dónde desfilaban hombres “lagartijos” y damas de “abolengo”.
El propietario de tan ostentoso sitio fue Antonio Omarini; sabemos que para el 1 de noviembre de 1868, se abrió la fonda del café. Por la crónicas publicadas en el Monitor Republicano respecto a la apertura de la fonda, conocemos que dentro de las reformas hechas al Café de La Concordia, se encontraba el aumento de lindos gabinetes en la parte baja y altos de la casa, en donde se servirían almuerzos, comidas y cenas, y a todas horas habría pasteles y volouvent.
El Café de La Concordia ostentaba y presumía entre sus visitantes a Manuel Payno, Ignacio Ramírez, Vicente García Torres y al poeta Manuel Gutiérrez Nájera; este último era un asiduo cliente distinguido de La Concordia, se le observaba constantemente con su levita negra cruzada, gardenia en el ojal, fumando su puro y quitando las migajas de sus bigotes, mientras entablaba una plática con los caricaturistas de mayor facilidad en el deslice de la pluma y la tinta de aquella época.
La Concordia fue también sitio predilecto de artistas, literatos, periodistas y políticos, todos los personajes del siglo XIX se encontraban ahí. En el café no solo circulaba la comida y las tazas de café, sino que pasaban de boca en boca la nota roja y el chisme cotidiano, que cruzaba por las calles del Niño Perdido, San Francisco, La Profesa, hasta llegar a Plateros, donde los comensales se deleitaban con él.

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